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INDICE

CANCIÓN RECIENTE SOBRE MARÍA DE NAZARET
NIÑA DEL SÍ
MUJER DE CADA DÍA
SOLEDAD
NEGRA
CAMPESINA
COMADRE DE SUBURBIO
SEÑORA DE LA CIUDAD
MADRE DE LOS AUSENTES
VENCEDORA DE LA MUERTE




CANCIÓN RECIENTE SOBRE MARÍA DE NAZARET

Tengo tres amores, tres: el Evangelio,
la Patria Grande
y el Corazón intacto de una mujer:
la llena de Dios,
tan nuestra,
María de Nazaret.

Toquen o no las campanas
-que el computador es ley-,
todavía sigue hablando
el arcángel Gabriel,
Y le responde María
con un colectivo amén.
Y el Verbo se hace carne
en el vientre de su fe.

Pasan, iguales, las horas
sobre el serrín de José.
La Biblia y los periódicos,
juntos, se han puesto a leer.
Y crece el Niño y el Reino
y crece el Pueblo también.
Pasan romanos y gringos
y en ese imperial vaivén
se llevan sueños y vidas,
al Calvario, del Quiché.

Pero María y las madres
rumian la paz de Belén,
el polvo de Galilea,
el sol de Genesaret,
el gusto del pan partido
y el ausente amanecer
de la mañana de Pascua
que siempre está por volver.
INDICE






NIÑA DEL SÍ

Todo estaba pendiente de tu boca.
Igual que si los hombres, de golpe, se sintieran
con la vida en las manos, detenida,
como un reloj callado y a la espera.

Como si Dios tuviera que esperar un permiso...

Tu palabra sería la segunda palabra
y ella recrearía el mundo estropeado
como un juguete muerto que volviera a latir súbitamente.
Tú pondrías en marcha, otra vez, la ternura.

Orilla virginal de la palabra, niña del sí preñada con el Verbo,
sin la más leve sombra de no, toda en el Día.
Dios encontraba en ti, desde el primer albor de tus latidos,
la respuesta cabal a su pregunta
sobre la Nada en flor...
Tú lo hacías dichoso desde el Tiempo.
Tu corazón se abría como una playa humilde, sin diques fabricados,
y en la arena sumisa de tu carne el mar de Dios entraba enteramente.

Niña del sí, perfecto en la alabanza como una palma de Cadés invicta;
jugoso en la alegría rebrotada, como la vid primera;
pequeño como el viento de un párpado caído, y poderoso
como el clamor del Génesis.

Niña del sí desnudo, como un tallo de lirio
bajo el filo implacable de la Gloria...
Cuanto más cerca de la Luz vivías,
más en la noche de la Fe topabas, a oscuras, con la Luz,
y más hondas raíces te arrancaba tu sí, ¡niña del sí más lleno!
Tú diste más que nadie, cuando más recibías,
infinita de seno y de esperanza.
¡Tú creíste por todos los que creen y aceptaste por todos...!
Creías con los ojos y con las manos mismas, y hasta a golpes de aliento
tropezaba tu fe con la Presencia en carne cotidiana.
Tú aceptabas a Dios en su miseria, conocida al detalle, día a día:
en las especies torpes del vagido
y en las especies del sudor cansado
y en el peso vencido de la muerte...

¡Rehén de la victoria de la Gracia, fianza de la tierra contra el Cielo,
gavilla de cordera, presentada y encinta!
Porque has dicho que sí,
Dios empieza otra vez, con tu permiso, niña del sí, María.
Las alas de Gabriel abren el arco por donde pasa entera la Gloria de Yahvé.
El arca de tu seno, de madera de cedros incorrupta, viene con el Ungido.
La Primavera acecha detrás de Nazaret, regada por el llanto,
y sobre las banderas blancas de los almendros
el trino de tu voz rompe en el júbilo, humildemente solo.
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MUJER DE CADA DÍA

Mientras crece la noche, cada día
prende el Amor su llama
en tu candil de aceite desvelado,
siempre igual y creciente.
El pan de tus moliendas se cuece, cada día,
bajo el fuego tranquilo de tus ojos,
mientras crece también la madrugada.
La fuente de la plaza te entrega, cada día, su limosna
mientras le crece el corazón al mundo.

Como el ave del Tiempo vas y vienes,
de la casa a la calle, del Misterio al misterio,
muchas veces al día,
y llevas con tus pasos el compás de las horas...
Tú sabes qué es vivir a pulso lento,
sin novedad para la prensa humana.
Apenas sin distancia: la de un grito.
En esta pobre aldea que vigilan
las higueras comadres
y el centinela de un ciprés oscuro.
-¿De Nazaret va a salir algo bueno?
José viene cansado, cada noche.
Y el Niño trae el hambre entre los dedos
por undécima vez.
-¿Qué quieres, hijo?
(Las almendras se miran, asustadas de gozo,
y el plato ríe miel por todas partes).

Tú ya has dejado el huso sobre el banco dormido
y la lana suspira blancamente.
Esta mañana has ido por retama,
y te sangran las manos, en silencio,
y te huelen las manos a lejía de yerbas.
Has ordeñado luego las dos cabras sumisas,
y sabes toda a leche.
Ayer vino el siroco, y te abrasó las flores.
Hoy irrumpe el simún
como una tropa de soldados romanos,
y hay que cerrarlo todo y, con la prisa, a oscuras,
se te pierde una dracma, rescatada
del tributo de Herodes.

Si las vecinas rompen tu retiro, como gallinas locas,
tú sonríes.
Un día nace un niño, y tú lo acunas.
Y un día muere un hombre, y tú lo velas.
En la olla inservible crece un lirio morado,
y tú riegas su lenta profecía.
Nazaret se despuebla, cuando llega la Pascua,
y tú marchas con todos,
peregrina del Templo,
con Yahvé de la mano,
con un salmo en la boca.
La ruta de Israel converge en tus sandalias.
Y los caminos múltiples del mundo
arrancan de tus pies caravaneros.

Tu corazón no para, día y noche.
Día y noche recogen sus limpios cangilones
el agua de la Vida.
Y el Verbo se hace Hombre, día y noche,
delante de tus ojos,
al filo de tus manos,
detrás de tu silencio...
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SOLEDAD

Única siempre, desde que subiste, como un canto
de alondra no cazada,
a las manos de Dios, para sus juegos,
tú rompiste en la Gracia como un lirio entre espinas,
isla de soledad en tu inocencia cercada por las aguas del Pecado...

Sola de toda humana compañía
capaz de acompañarte totalmente,
con la vida apostada en la aventura del Reino,
con las fieras del Odio y del Amor acechándote, impunemente sola,
¡con la carga de Dios sobre la espalda de tus catorce años sorprendidos!

Sola contra la noche del Misterio,
por las arenas de la Fe abrasadas,
sin otra luz que tu mirada pura y sometida,
descalzo el pie y el corazón abierto, como un río
desangrándose entero...

Madre en la soledad, Virgen con Hijo:
sólo tú has vencido, a todo riesgo,
la extraña soledad de dar a luz sin padre,
sin poder compartir con otra orilla
la mirada y el aire del Hijo, confluentes,
Madre sin Hijo, al fin,
tú, sólo, has consentido invictamente el despojo total de tus entrañas,
saqueadas por Dios y por los hombres...
¡Tú, solamente, has sido rechazada por el amor de un Hijo!
Madre sin Hijo y con el Hijo enfrente
¡con el Hijo a merced de todo el mundo!

¡Mujer de la más honda soledad,
viuda y sin Hijo y aun en flor perenne, como un árbol
despojado en abril, apenas núbil!

Madre en la soledad,
Madre en la muerte, para darnos vida
con la vida del Hijo subastada.
Madre en la noche del mayor silencio,
a tientas el andar del corazón
y la palabra humilde sin respuesta,
como una flauta en el desierto frío.

¡Sin respuesta de Dios ni de los hombres
sola en tu Soledad!
Más sola que el Dolor, dormido en tu regazo para siempre.
Más sola que la Muerte, renacida en tu gozo,
como una golondrina libertada.
Sola de todo Mal, con el Pecado muerto al pie de tu sonrisa.

Camino del sepulcro, con el llanto caído como un velo piadoso,
detrás de la derrota de tu Carne,
la soledad del mundo caminaba a tu paso, redimida.
De vuelta del sepulcro, mientras tu Soledad iba bordando
los ocultos senderos de la Pascua,
la Paz se recostaba sobre tus manos puras
y la Esperanza amanecía a tiempo, al filo de tus hombros, ¡alborada!

¡Te llamaremos todos, muchas veces, desde esta nuestra soledad tan sola,
María Soledad!
Soledad tan cercana y sin estorbos,
tan sonora de aroma y de ternura,
que hasta los niños ciegos han de poder hallarte.
María Soledad,
toda llena de Dios y de los Hombres,
¡Oh Soledad, oh compañía nuestra!
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NEGRA

«Ma somo wa, María, one ndzean ya grasia...»
Con el tam-tam creciente de mi pasión bantú
yo te saludo, Negra, divinamente hermosa.
Con todas las palmeras yo te aplaudo, «Morena por el sol de la alegría».
¡Yo te grito con todos los cachorros que amamanta la selva!

Déjame descargar en tus espaldas
este niño africano, de tres meses de fuego,
que ha crecido conmigo, poderoso
como un clamor de mar, como un desierto, como la noche viva...

Traigo el dolor del África naciente sobre mis pobres manos.
Ven y verás el llanto de las cribas
y oirás el silencio rugiente de los tigres.
Las playas profanadas sollozan de vergüenza, contra el cielo.
¡Toda el África sangra de heridas ululantes!
Con los libros debajo de los brazos,
vaga por las estrellas, sobre el bikoro insomne,
la sombra virginal de Meredith.
Las niñas, recién hechas, acunan, como un saco doliente de cacao,
producto de un mercado sin reclamo posible,
los hijos tatuados de rasgos extranjeros.
Un viento advenedizo dispersa las hogueras sagradas de las tribus,
y, mientras en las fincas paternas, desoladas,
la hierba multiplica sus machetes impunes,
los hombres balbucientes engrosan, en manada, como cebús centrados en su furia,
las fábricas salvajes y los muelles febriles y los bares borrachos...
¡En las nobles muñecas aún palpitan las boas enroscadas!

Pero los muertos velan, boca arriba.
Cada dólar, ganado en la codicia, es un ojo de nsué sobre el camino.
¡Todos los ríos bajan cargados de memoria!

Han llegado mil dioses importados, en una sola hora.
¿Tú vas a llegar tarde con Cristo, Madre negra?
¡Ven y verás, tú misma, cómo se agrietan, rotas
de sed estas gargantas, pobladas de canciones!
Hay trescientos millones de negros que te esperan, con sus banderas niñas,
en esta patria, verde de Esperanza.
Rebaños de elefantes se acercan a tus pies, con sus antorchas de marfil en alto,
y el ébano levanta sus columnas para acoger tu carne transparente.
Todos los ojos, turbios de nostalgia, se vuelven a tus ojos.

Belén ha abierto ya, de par en par, su corazón de nipa
y un carrillón de dátiles va tocando la hora de dar a luz la Luz.
Mientras las gruesas nubes cruzan el sol, incólume,
los ibis se han posado blandamente
y un ángel de la Paz sobre las grandes aguas.
Maigangu, ¿por qué lloras?
el niño que ha nacido es blanco y negro:
¿quién va a ponerse a odiar?
...Los soldados romanos sepultarán sus armas debajo de las piñas olorosas
¡y hasta los mercaderes caerán de rodillas, con todos los diamantes en las manos!

Ma somo wa, María...
La noche tropical vuelca sus arcas
en tu mirada fiel, sobre la aurora.
Mecida en tu regazo, donde se acuesta Dios con nuestro sueño,
toda el África late con un ritmo de cuna...
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CAMPESINA

Llamados a las filas de una nueva milicia,
marchan los hijos mozos con un macuto prematuro de ira,
y queda el campo fiel abandonado...

El pedazo de tierra que teníais, detrás de aquel otero
por donde entraba el sol,
lo trabajaban juntas tus manos y Sus Manos.
Salía el Sembrador una mañana, y abría el mundo el corazón estéril.
De pronto sorprendían Sus Ojos creadores
un filo de cizaña advenediza.
El grano de mostaza se hacía ya posada para todas las aves viajeras,
y crecía en el trigo la forma presentida de Su Carne...

Volvían los pastores, con la noche a la espalda
-¿con la muerte a la espalda volverían?-,
y balaba el aprisco recobrado y concorde.
Él volvía también, y te llamaba
como quien grita alerta, cada tarde,
a la hora precisa de las hostias.

Pero un día se fue, ya para siempre.
Junto al taller, cerrado por ausencia,
el mástil de un madero naufragaba en la sangre del ocaso,
y el campo y tú quedabais a la espera.

Se van los hijos mozos...
La tierra ya no da para la vida. No da para los ojos y el deseo.
Detrás del oleaje varado de los surcos
la múltiple sirena de la ciudad invita a la aventura.
Los brazos se han cansado de echar semilla al viento irresponsable,
¡y están muy lejos del dolor del campo
el Sanedrín blindado de leyes y el Pretorio!

Llegarán los tractores, ¿pero a tiempo?,
¿desplazarán los brazos?, ¿se llevarán las almas?

Sobre la tierra, núbil a pesar de los hombres desalmados,
tarde o temprano llueve.
Dios sigue amaneciendo cada día.
Aún tiene el horizonte camino para el alba y el regreso.
Y en el soto erizado de chopos de esperanza
permanece de guardia la alondra de tu ermita.
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COMADRE DE SUBURBIO

La cueva no tenía más higiene que el viento de la noche.
Dios tuvo un vecindario de pobres amahares.
-Vallecas o Belén, Belén o Harlem, Belén o las favelas-.
Tú tenías apenas las dos manos para alternar con ellas el pesebre.
Las ricas caravanas llegaban siempre a punto.
Vosotros llegaríais con las puertas cerradas.
No hubo piso en Belén; ni hubo piso en Egipto;
y no hay piso en Madrid, para vosotros.

José estará de paro forzoso muchos días.
Después tendrá, por fin, unas chapuzas de esperanza en madera.
Quizás abrirá zanjas, sin subsidios.

Hebreos sospechosos en un barrio de Egipto acorralado,
viviréis al contado de la suerte, como viven las aves.
El Nilo gastará, día tras día, la piel y la hermosura de tus manos anónimas,
sangre del rey David venida a menos.
Y el Niño crecerá sin más escuelas que la lección del sol y tu palabra.

Vecina del pecado y la vergüenza,
con el Verbo hecho carne que habita entre nosotros
tú has instalado a Dios en el suburbio humano.
Carmen, Dolores, Soledad, María:
todos los nombres llevan la concha de bautismo de tu nombre.
Vives realquilada por la pena y el miedo
en un cuadro de tela reluciente
o en un yeso pintado
o en la fe vergonzante de una estampa escondida en la cartera;
y tu sola presencia rutinaria
traspasa las miserias del suburbio del mundo
con un hilo irrompible de alegría,
¡comadre de suburbio,
ensanche de la Gracia,
puerta y solar de la Ciudad Celeste!
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SEÑORA DE LA CIUDAD

¡También te perderías, aldeana, por las calles o el metro...!
Todos flotamos en las turbias aguas de la ciudad, perdidos,
sonámbulos del Tiempo,
llevados y traídos como troncos sin memoria del bosque originario,
frebricitantes de pasión, de sueños, de soledad, de prisa.

No cabemos los hombres y los coches.
Los ladrillos se comen el espacio del cielo, descartado del mapa.
Mil gritos fluorescentes suplantan las llamadas del retorno.
¡Falta el aire de Dios para el aliento!
¿Dónde puede posarse la alegría de aquel recodo humano, plantado de promesas,
cuando tenía nombre cada brizna?
¿Quién aparca en su sitio la Esperanza?
Vaga el dolor proscrito, como un perro.
Los cubos de basura demandan vanamente los talones del lujo retumbantes.
Los vecinos no tienen más historia que el número de un piso.
Un hombre es un codazo.

Jerusalén tenía sus resacas, y se perdía un niño fácilmente.
Pero bramabas tú, como una cierva,
y el servicio de urgencia de tu llanto
suplía de antemano la fiebre derramada de todos los perdidos por la vida.

Vuelve a subir de Nazaret, Señora.
¡Te reclamamos todos, sin saberlo siquiera muchas veces!
¡Creemos en la Piedra tallada en la cantera de tu seno,
oh torre de David amurallada de escudos y palomas,
ciudad de Dios alzado sobre el monte
Sión, donde termina la lenta caravana convocada a la Pascua verdadera... !

Perdidos o exilados, rebeldes al hogar o en su nostalgia,
todavía avanzamos, en la noche, con el sello de Dios en nuestras frentes,
camino de la tierra presentida...
Y en esta misma patria de márgenes flotantes,
sin casa permanente,
queremos levantar con nuestras manos,
¡con el cemento vivo de nuestra propia sangre!,
una nueva ciudad, a cielo abierto,
con muchas zonas verdes de gozo redimido,
donde quepamos todos, sin reservas de tribu en la mirada...
¡...mientras vamos, cantando, hacia la gloria de la Ciudad futura
que ilumina la antorcha del Cordero!
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MADRE DE LOS AUSENTES

Entra en casa y verás el frío que hace, con el cristal de la Alegría roto
y el Pecado azotando como un viento...
Se cruzan los hermanos sin mirarse,
ausentes de alma a alma.
Funcionan la cocina, la tele y la nevera, y la electricidad suple al Amor;
y cantan las monedas como urracas, cazadas bobamente, por todos los rincones.
¡Pero toda la casa está llena de ausencia!
(El Pan de cada día se calcina en los hornos electrónicos.)

El mundo está vacío como un cántaro, abultado de sed.

Desgajada, la piel, del sol que los ciñó con sus pañales,
emigrantes del agua cercada de la esposa,
desguarnecidos de los torreones de los hijos, flotantes
como lonas de cámping;
deportados en masa, como unos campamentos de llanto y de vergüenza:
emigrantes, ausentes, perdidos, locamente perdidos por la estepa asolada y sin retorno.
Lejanos a dos palmos de distancia;
partidos por el hacha de los celos,
en el patio de casa. ¡Inmensamente
ausentes de los hombres
los hombres...!

Entra y verás qué frío.
(Tú no emigraste nunca así de ausente.
La Patria te envolvía caminante, como una brisa dócil,
con un tacto de anémonas.
Y en la orilla del Nilo, la orilla de José te conducía al paso de paloma,
y el torreón del Hijo te crecía en los brazos.
¡Las espadas de Herodes no cabían entre Cristo y tus ojos!
¡La Presencia llenaba, en Carne viva, las noches de tu ausencia!).

Hasta la mesa del Altar separa a los hermanos.
Nos bebemos de espaldas el vino de la Fe, y el Pan antiguo
se nos desmiga, seco, entre los dientes.
La Túnica inconsútil que bordaron la aguja de tus manos y el oro del Espíritu
viste al Hijo del Hombre, desgarrada, de una nueva miseria,
en harapos de incógnito...

Inmensamente ausentes los hombres de los hombres:
¡inmensamente ausentes
de Dios...!
(El cántaro del mundo está vacío junto al pozo de Dios abierto en vano).
Entra en casa y verás cuántos hijos le faltan a la mesa del Padre. '
Se han partido la herencia con las uñas, y viven
como pueden, borrachos de tierra, igual que topos.
Viven porque les toca vivir, como la grama...
¡muertos!

Madre de los ausentes,
umbral de la ternura recobrada,
postigo del retorno vergonzante:
todos los hijos pródigos te llaman, sin saberlo,
con la boca vacía bajo los algarrobos desmayados
mientras muere la tarde sin respuesta,
en la ausencia de Dios...

Refugio de los muertos pecadores, hogar de todo llanto:
tú que sabes la pena de haber perdido a Cristo
y buscarlo en las calles, día y noche,
y preguntar inútilmente a todos, desvivida en la busca de su Cara...,
¡recoge en la gavilla de tus brazos a todos los dispersos,
abre la puerta a todos los pródigos que llaman, tiritantes
de neón y de frío,
y acógelos a todos, oh seno de la Vida!,
¡congréganos a todos bajo el techo del júbilo paterno,
con el pan del Amor entre las manos nuevas!
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VENCEDORA DE LA MUERTE

Los cipreses también creen en ti...
Todos los muertos caen buscando tu mirada.
¿No te han citado todos, muchas veces, para esa hora oscura?
Todos los huesos crecen, reclamados, hacia el abril temprano de tu carne gloriosa,
¡humana vencedora de la Muerte,
poyo de los que llegan agotados del día!

Si esperas tú a la entrada de la Muerte
-igual que en Nazaret anochecido, cuando volvía el Hijo del trabajo-
morir ya no es hundirse de bruces en las sombras
o desplomarse, solo, en los filos de la supuesta Ira:
¡desde tus brazos hay un paso apenas hasta el cuello del Padre!

Morir bajo tu nombre es encontrar, de pronto,
detrás de las cortinas, la Fiesta preparada...
(Por la plata mugrienta de tu nombre sobre la piedra fría de un latido
parado en el segundo de llamarte,
yo sé que más de un pródigo se ha colado en la Fiesta).

Detrás de ti la vida se abre paso por entre los sepulcros,
como por los pasillos de casa acostumbrados,
con una luz a mano en cada esquina.

La Muerte se ha vestido de tu aroma después de haberte hallado.
Tú dejabas, al irte detrás del Renacido,
-como una estrella viva para aclarar la tarde
sobre el opaco monte de este lado del Tiempo-
esa mirada blanda que buscan, cuando caen, los muertos redimidos.
Y aunque moriste, como el sol, intacta, vestida de promesas,
cogida de las sienes por las manos de Dios, y con su boca
cortándote el aliento de la boca encendida,
¡tú sabes qué es morir al modo humano!
Habías muerto antes, muchas veces, a espada y a suspiros y en silencio...
La muerte se hizo carne también en tus entrañas, con la carne del Hijo,
y creció por tus años, como un árbol votivo, hasta quebrar los muros, golpe a golpe.
Con la Sangre del Hijo derramaba tu alma, gota a gota, su aceite en agonía.
¡Y en Su Muerte expiraste toda entera!

...Tú sabes qué es la Muerte, como nadie en el mundo lo ha sabido.
Tú conoces las muertes, una a una, como las caras mismas de tus hijos pequeños,
y las llamas, segura, por su nombre.
junto al Cuerpo de Cristo, recostado en tu seno por la
Muerte vencida,
aquella tarde, todas
las muertes de los hombres descansaron su grito en tu regazo...
(Su Carne era la carne destrozada por todas las metrallas y torturas
y expuesta a la vergüenza de todas las picotas;
y Su rictus cerraba los espasmos de todas las asfixias y de todos los vuelcos.
Su Muerte voluntaria varaba en las riberas desoladas de todos los suicidios,
y las muertes anónimas dormían en sus párpados...).

Señora de la Muerte y de la Vida,
puerta grande del Cielo,
¡vida, dulzura y esperanza nuestra!
Cuando nos llegue aquella hora oscura
de caer, con los muertos, en la fila implacable;
cuando busquemos, al caer, desnudos de todo, Su mirada...
¡vuelve a nosotros esos ojos tuyos,
como una luz templada y a la espera, igual que una caricia
sobre el rostro salvado para siempre,
como el beso de Dios, por fin logrado...

...¡«Y después del destierro, muéstranos a Jesús»!
INDICE
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